
En ese burdel de la esquina de la calle ancha, un viernes siniestro por la noche apareció la voluptuosa Isabel, dos hombres que pasaban a caballo se detuvieron en el billar y nos contaron lo exquisíta que era la tímida Isabel en los perniciosos placeres del catre. A gustavo , uno de los muchachos más precoces se le pararon los pelos al escuchar decir que esta mujer era tan afamada como Babilonia la grande, madre de todosas las rameras, inmediatamente encendí con desespero un cigarillo y dibujé con con bocaradas de humo el nombre de Isabel letra por letra. Una tenue neblina que caía sobre la calle ancha hacía más desesperánte la espera, de quien pudiera ser una rencarnación de la de la pervertida doña Flor de Jorge Amado o de una tal Inés de Hinojosa. Doña Lucrecia abrió el burdel al filo de la medianoche, tan pronto se abrió el telón rojo apareció la hemosísima Isabel envuelta en una nube de humo, mordiéndose los labios como un felino hambriento y dejando ver sus candorosas caderas que parecían dos guanábanas y sus sensuales senos que parecían dos papayas, es decir, se podía hacer un salpicón. Quise saber sus historias de sus duelos napoleónicos con amantes feroces en las casas de cita de los barrios olvidados, y la invité a la pieza, la cual estaba ubicada al pie de un lavadero oscuro, en el fondo se escuchaba una voz ronca que entonaba tangos viejos y recordé el día que me lo enterraron, a mi abuelo. Ya en la cama la ingenua Isabel empezó a contarme sus historias de amantes ardientes que vencieron su cuerpo en fatigantes batallas sucedidas en cañadulzales, motelcitos citadinos y en las sombrías habitaciones de los inquilinatos de las galerías del alma. Lloró a moco tendido al recordar a Bernardo, hombre amorosísimo que la dejó abandonada en una pieza pero que de recuerdo le dejó una maldita colección de calendarios viejos y un llavero. Limpié sus lágrimas con sus calzones morados y lloré sobre sus engrasados senos al recordar esa novia que tuve a mis veinte años, la desgraciada me mordía las tetillas , me hacía chupados en la espalda. Luego murió de estreñimiento.
SALOMÓN BORRASCA
TOMADO DEL LIBRO HISTORIAS ERÓTICAS DE SALOMÓN BORRASCA